miércoles, 27 de agosto de 2025

Una bandera para decir: Yo también

 


En el mundo de los símbolos colectivos, las banderas han servido para reconocer causas, visibilizar identidades y construir comunidad. Ahora, el movimiento de las personas con discapacidad da un paso importante al presentar la bandera del orgullo de la discapacidad, un emblema que busca unificar voces, experiencias y realidades bajo un mismo lienzo.

“Yo también, discapacidad con todas sus letras”, iniciativa fundada hace ya 15 años por la periodista Katia DÁrtigues, incorpora la bandera símbolo de las discapacidades a su logotipo.

Yo también trabaja para transformar la manera en que se informa, se comunica y se actúa sobre la discapacidad en México. “No solo hablamos de inclusión, la exigimos y trabajamos para hacerla realidad”, aseguran.

Incorporar estos colores no se trata solo de un gesto estético: la bandera se convierte en una herramienta de representación que reconoce la diversidad dentro de la discapacidad y la necesidad de mayor inclusión en todos los espacios sociales.

Los colores y elementos no fueron elegidos al azar. El blanco representa las discapacidades invisibles; el amarillo, las neurodivergencias; el azul, las discapacidades psicosociales e intelectuales; el rojo, las discapacidades físicas; y el verde, las discapacidades sensoriales. El fondo oscuro simboliza el duelo por las víctimas de la violencia capacitista, recordando que la discriminación ha tenido consecuencias graves y que la memoria también es parte de la lucha.

La banda diagonal que atraviesa la bandera tiene un significado poderoso: es la luz que rompe la oscuridad, la metáfora de la superación de barreras y del avance hacia una sociedad más justa. No se trata únicamente de reconocimiento simbólico, sino de un llamado a transformar la manera en que se mira y se trata a las personas con discapacidad.

Este nuevo símbolo no surge en el vacío. En 2019, en Estados Unidos, la escritora y activista Ann Magill diseñó la primera Bandera del Orgullo de la Discapacidad. Su motivación fue darle a la comunidad un emblema visible y de orgullo, después de notar que incluso las conmemoraciones del aniversario de la Ley ADA (Americans with Disabilities Act) seguían realizándose en espacios marginales. 

Esa primera versión mostraba un fondo negro con franjas en zigzag de colores brillantes, representando los distintos tipos de discapacidad y las dificultades para superar obstáculos.

Sin embargo, con el tiempo se detectó que el diseño provocaba molestias visuales a algunas personas, incluidas aquellas con epilepsia o migrañas. Por ello, en 2021 la propia Magill, en diálogo con la comunidad, impulsó una versión más accesible: franjas rectas, colores más suaves y un acomodo perceptible para quienes tienen daltonismo. 

Esa evolución marcó un principio esencial: la bandera debía ser tan inclusiva como las personas a las que representaba. Además, Magill liberó el diseño al dominio público, para que pudiera ser utilizado y adaptado libremente en todo el mundo.

Incorporar ahora esta bandera al logo del movimiento “Yo también” es un acto de reafirmación. La misión es la misma: exigir derechos, participación y respeto. Pero la representación es mayor, porque el símbolo es capaz de reunir en un mismo marco a millones de personas con realidades distintas que comparten un mismo desafío: vivir en un entorno que muchas veces no está diseñado para ellas.

En un tiempo en el que la inclusión requiere señales claras, la creación de esta bandera marca un antes y un después. Representa orgullo, memoria y esperanza. Y, sobre todo, es una manera de decir, sin reservas: yo también.


martes, 19 de agosto de 2025

Narcocorridos: la cultura de la violencia que no debemos normalizar

 



Como periodista, vivo en un ambiente que requiere respirar libertad de expresión para manifestar ideas. La defiendo porque sin ella no existiría la democracia ni el periodismo mismo. Sin embargo, sigo creyendo que una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta la apología del delito. Esta semana, el gobernador de Querétaro prohibió los narcocorridos y, francamente, estoy de acuerdo.

Hay quienes sostienen que se trata de una medida autoritaria que va en contra de las libertades. No lo creo. Normalizar lo anormal —el secuestro, la extorsión, el huachicol, la trata de personas, el asesinato de policías, militares o periodistas— no es correcto ni social ni éticamente. No podemos ni debemos disfrazar de “arte” una narrativa que glorifica la violencia y envenena la conciencia de miles de jóvenes.

La apología del delito que consumen millones

En marzo del año pasado escribí un texto titulado “Narcovideos: apología del delito que descargan millones”, a propósito de un video del Grupo Firme: Así es la vida. En él, sin pudor alguno, se cuenta la historia de sicarios que “cuidan la plaza para el patrón”, exaltando armas, poder y dinero como si se tratara de virtudes. Durante varias semanas tuvo entre 2 y 3 millones de descargas diarias en YouTube.

Poco después, el mismo grupo llenó el Zócalo de la Ciudad de México, invitado por la entonces jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum. El mensaje era contundente: lo que debía indignarnos, se convirtió en espectáculo gratuito y masivo.

Desde entonces, el fenómeno no ha hecho más que consolidarse. La irrupción de los llamados “corridos tumbados” —en muchos casos patrocinados por líderes del crimen organizado— terminó de normalizar lo que debería ser motivo de alarma. Peso Pluma, convertido en símbolo de moda juvenil, no es sólo un artista: es el emblema de cómo el narco ha logrado apropiarse de la industria musical como vehículo de legitimación cultural.

Libertad de expresión, sí; apología del delito, no

La presidenta Claudia Sheinbaum ha dicho que su gobierno no censurará a nadie. Tanto, que creó su programa “México canta por la paz y contra las adicciones”, conocido también como México Canta y Encanta, que es un concurso musical surgido bajo el impulso de la presidenta Claudia Sheinbaum y organizado por la Secretaría de Cultura en colaboración con el Consejo Mexicano de la Música. Está dirigido a jóvenes intérpretes, cantautoras y compositores mexicanos y mexicano-estadounidenses, de entre 18 y 34 años, y busca destacar la riqueza de la música tradicional mexicana —mariachi, norteño, banda, corrido, duranguense, bolero, rap, hip-hop, entre otros— mediante letros que no promuevan la violencia o el narcotráfico, sino que evoquen “el amor, el desamor y la grandeza de México

Estoy de acuerdo en que el Estado no debe convertirse en inquisidor de ideas. Pero tampoco debemos cerrar los ojos ante el hecho de que la apología de la violencia está tipificada como delito en el Código Penal.

El artículo 6 de la Constitución es claro: la manifestación de las ideas es libre, salvo que ataque la moral, los derechos de terceros, provoque un delito o perturbe el orden público. Los narcocorridos cumplen al pie de la letra con esa definición. No es cuestión de gustos musicales ni de moralismos: es la legalidad misma la que los cuestiona.

En este sentido, me parece sensata la decisión de Querétaro de prohibir conciertos que promuevan la apología del crimen. Lo mismo ya ocurre en Aguascalientes, Michoacán, Nayarit, Tijuana, Chihuahua, Cancún, municipios del Estado de México, Guanajuato y Jalisco. La lista crece porque cada vez más autoridades entienden que no se trata de censura, sino de poner límites claros a una narrativa que glorifica a quienes destruyen la paz del país.

Una batalla cultural que estamos perdiendo

No es nuevo. Desde hace más de 30 años, los narcocorridos y ahora las narcoseries de televisión presentan la vida de los criminales como emocionante, llena de lujos, placeres y riesgos. Son productos aspiracionales. Miles de jóvenes sueñan con “ser como ellos”, creyendo que en el narco encontrarán respeto y dinero fácil.

Pero el fondo del asunto no es la música, sino el terreno cultural que le hemos cedido al crimen organizado. No basta con que dominen territorios, controlen economías locales o penetren instituciones. Ahora también han colonizado el imaginario colectivo, con canciones que los convierten en héroes populares. Esa es una derrota más profunda: la de la mente y la aspiración juvenil.

Algunos defienden estos corridos con el argumento de que “retratan la realidad”. Yo sostengo que una cosa es exponer la crudeza de un problema —como hacen el cine o el periodismo— y otra muy diferente es glorificar estilos de vida construidos sobre la sangre y el dolor. Exaltar a sicarios como ídolos juveniles no es arte: es propaganda criminal.

México no puede normalizar lo anormal

El país atraviesa un momento crítico en materia de inseguridad. En vez de contrarrestar el poderío del crimen, estamos asistiendo a su victoria en el terreno cultural. No podemos permitir que los delincuentes ganen también la batalla simbólica, aquella que define qué valores guían a la juventud.

La música tiene un poder inmenso: inspira, emociona, educa. En este caso, ese poder se usa para sembrar la idea de que la violencia es un camino válido hacia el éxito. Y lo más alarmante es que lo hace con millones de reproducciones en plataformas digitales y con conciertos multitudinarios, incluso auspiciados por gobiernos locales.

No se trata de censurar el arte, sino de trazar límites. Un Estado democrático debe garantizar la libertad de expresión, pero también tiene la obligación de proteger la paz, la legalidad y la dignidad de las víctimas.

Epílogo: una reflexión necesaria

La prohibición de los narcocorridos no resolverá de raíz la crisis de violencia que vive México. Lo sabemos. Pero sí manda un mensaje: que no todo vale, que no podemos seguir aplaudiendo a quienes convierten el dolor en espectáculo, ni celebrar a quienes nos están robando el futuro.

La cultura es un terreno en disputa. Si dejamos que el crimen organice la fiesta, el baile y la música, también estaremos entregando la conciencia de una generación. Y eso, como sociedad, no lo podemos permitir.