viernes, 10 de octubre de 2025

El día que marcó a México: así fue vivir el sismo del 19 de septiembre de 1985

 

(Texto publicado originalmente en El Sol de México del 19 de septiembre de 2025)


Caos, miedo, incertidumbre, y la implacable realidad de una ciudad destruida por el sismo que marcó a México, así fue vivir el 19 de septiembre de 1985


por  Alejandro Jiménez

Siete de la mañana. En la cocina desayuno antes de irme a la universidad. Mi papá y mi hermano siguen dormidos. Preparo mentalmente mi ruta habitual: de la colonia Industrial, en el norte de la Ciudad de México, a la UAM Xochimilco, pasando antes por mi entonces novia para llevarla al colegio Princess, en el Eje 7 Sur, Zapata.


De pronto todo se estremece. Trato de llegar a los cuartos y encuentro a mi hermano y a mi papá asustados. No pensamos en salir de casa, sino en aguantar. Pero no pasa. Sigue. Oscilatorio primero, trepidatorio después. Muy largo. Caen objetos del librero y del juguetero, piezas de porcelana que eran de mi mamá. Gran susto. Se va la luz. Al abrir la puerta, nadie en la calle: todos en sus casas. Ya pasó… “Estuvo fuerte…”, “el peor que he sentido en mi vida”, dice mi papá.


Y seguimos. Sin saber qué había ocurrido en la ciudad, salgo y me subo al Malibú setentero, de segundo o tercer uso, que tenía para ir a la universidad. Empiezo a ver vecinos en la calle, conversando, compartiendo su experiencia. Mi mantra en ese momento es: “ya pasó…”.


Recojo a mi novia, que vivía a tres cuadras, y tomo la calzada Misterios hacia el centro. Al llegar al Eje 2, Manuel González, nos desvían: no hay paso por Tlatelolco. “Algo” impide seguir. Veo los primeros signos de alarma y gente corriendo. No se alcanza a distinguir qué ocurre más adelante. Rodeamos por el eje de Guerrero. Muchos autos. Avanzamos dentro de la colonia Guerrero. Comienzo a sentir la crispación. Tráfico detenido.


Llegar a la colonia Tabacalera es comenzar a dimensionar lo sucedido. Lo primero que veo se mantiene vívido en mi memoria hasta hoy: un edificio inclinado, sin pared, con cortinas y sillas de oficina en el borde sin caer, papeles volando. Olor a gas. Personas cruzando como zombies las calles. “¡Mira, ese lleva sangre en la cabeza!”.


Pongo el radio y me sumo al caos: “Que se cayó Televisa. Que se vino abajo el edificio Nuevo León en Tlatelolco —por eso no pasábamos—. Que en la Condesa hay gente atrapada. Que en la Roma cayeron, de menos, cuatro edificios en una sola cuadra”. Locutores asustados, sin información confirmada, repiten rumores que alguien les contó antes de llegar a la estación. Pocas líneas telefónicas funcionan. “Fue como si hubiera caído una bomba”, dice uno, en evidente estado de shock.


Avanzamos lentamente hasta la entonces glorieta del Caballito, donde confluyen Reforma, Juárez y Bucareli. El caos vehicular es total. Quedamos detenidos. “¡Allá se cayó un edificio (el hotel Regis)!”. Lo vemos humear.


“No vamos a poder pasar… no hay forma…”. Pero sí logramos avanzar hacia Bucareli, rumbo al eje de Cuauhtémoc. Vemos tres edificios derrumbados antes de llegar al café La Habana. “Ojalá no hubiera gente a esa hora…”, decimos, sabiendo que era casi imposible.


Siento en la llanta las piedras de los edificios. Vamos lentos. Se nos acaban las palabras para describir lo que vemos.


Llegar al cruce con avenida Chapultepec es entrar a otra dimensión. Del lado derecho, en ruinas, uno de los edificios de Radio Fórmula, donde meses antes había entrevistado al jefe de información para un trabajo escolar. “Seguro había gente. Ahí están las cabinas, al menos los operadores”, pienso. Más tarde supimos del fallecimiento de los conductores del programa Batas, Pijamas y Pantuflas y de otros que, atrapados durante días, lograron sobrevivir.


Trato de regresar al norte de la ciudad, pero no hay forma. Caos vehicular. Autos en sentido contrario. Edificios derrumbados bloquean calles. Sigo hacia el sur a vuelta de rueda. La constante: gente corriendo. Algunos, cubiertos de polvo.


De pronto, a la izquierda, aparece el edificio de la Secretaría de Comercio derrumbado como pastel. Sigo sintiendo piedras bajo el auto. Los coches rodeamos grandes montones de cascajo que obstruyen la avenida. Un muro caído, el suelo levantado. Escuchamos lamentos.


Avanzamos en fila india. De la nada surge una enfermera vestida de blanco, en estado de histeria. Me ruega: “¡Llévenme al Centro Médico! ¡Los bebés de mi cunero están ahí!”. Sin preguntar más se sube al auto. Vamos callados. Más adelante grita: “¡No lo veo! ¡No veo el Centro Médico! ¿Dónde está la torre…?”. Se baja a correr entre autos detenidos hacia un lugar que pronto supimos ya no existía. Sólo humo y polvo por todos lados.


El tráfico se despeja pasando el Viaducto, al que tampoco se puede ingresar. Intento entrar a la lateral para regresar, pero un edificio entero yace en el suelo. Un cubo surrealista, arrancado de raíz, acostado con los tinacos de lado. Gente rodeándolo sin saber qué hacer.


Me regreso en sentido contrario hacia Cuauhtémoc, pasando por el estadio de béisbol (hoy Plaza Parque Delta), que días después sería la gran morgue para los cadáveres.


Más adelante se siente menos caos. Una zona de la ciudad menos golpeada. Sin semáforos ni luz. Seguimos hasta el Eje 7 Zapata. Llegamos al colegio Princess cerca de las once. Sólo está un conserje consternado. Varias maestras no aparecen. En el recuento posterior, una de ellas había muerto al colapsar su edificio.


Llegar a la UAM ya no tenía sentido. En el Toks de División del Norte, junto al Parque de los Venados, logro usar un teléfono público y hablar a casa. Le cuento todo a mi papá y no me cree. No sabe nada porque no había luz, ni televisión ni radio. No dimensiona. “Es que eres muy impresionable…”, me dice.


El dilema es por dónde regresar. El Centro no es opción. Quizá el Circuito Interior hacia el norte: “¿Y si los puentes se cayeron?, ¿y si está saturado?”. Todo es posible. Lo tomo con reservas. Va extrañamente vacío. Desde lo alto de los puentes se ven columnas de humo por todos lados. Unas grises, otras negras. Me rebasa un auto rojo a gran velocidad con las luces encendidas. Yo sigo lento y, para nuestra sorpresa, llegamos hasta Insurgentes Norte y de ahí a la colonia Industrial.


**


Ya en casa. Sólo hasta la tarde conseguimos un radio de pilas. Ahí escuchamos la magnitud de la devastación. No sé quién conduce el noticiero, pero describe cómo gente sin casa, o con miedo de quedarse en la suya, va al Zócalo, como para refugiarse o pedir ayuda a un gobierno ausente. Cae ligera lluvia.


Surgen peticiones de ayuda y solidaridad: mantas, agua, comida. Centros de acopio ciudadano espontáneos se instalan en la ciudad. Noche de nervios. Nadie duerme tranquilo.


Al día siguiente, la parálisis. Ya hay luz y se confirman varias cosas: en efecto, Televisa se cayó; transmite desde un estudio improvisado. Mi papá y mi hermano dimensionan lo ocurrido. Comenzamos a buscar familiares. Más teléfonos funcionan. Todos bien.


Por la tarde-noche, mi hermano y yo visitamos a nuestro vecino y amigo de infancia Gabriel, en la calle Victoria. Conversamos con su mamá cuando, de repente, la réplica. Implacable. La casa se inclina de lado a lado. Estoy seguro de que caerá. No cae, pero queda dañada. Corremos a nuestra casa, en Huasteca. Se va la luz otra vez. Autos circulan a toda velocidad con luces encendidas, cruzando calles sin precaución. “Van a atropellar a alguien…”, temo.


Nuevo susto. Nueva noche en penumbras. Miedo de que se repita y nos caiga todo encima. Después de lo visto, ya todo es posible.


Al día siguiente, intento salir de la parálisis. Me reporto al Instituto Mexicano de la Radio, donde hacía mi servicio social. Nadie responde. Busco en su casa a mi jefe, Eduardo Peltier. Lo encuentro de casualidad. “Nuestro edificio en la calle de Córdoba, en la Roma, se cayó. Tuvimos suerte; si hubiéramos estado ahí a la hora del temblor, ahí nos quedamos… Vente al edificio central, en Margaritas, colonia Florida. Necesitamos apoyo, voluntarios…”.


Cuelgo y noto el temblor, pero ahora en mi mano, imaginando el edificio de Córdoba caído. Ahí se perdieron once grabaciones con músicos de la Época de Oro del cine nacional a quienes había entrevistado para una serie radiofónica. Perdí las grabaciones, pero no la vida.


Llego al IMER y la primera orden es ir al Foro 2 de Televisa San Ángel a contestar teléfonos. Todo el espacio estaba acondicionado para recibir llamadas de auxilio o búsqueda de personas en hospitales. Los teléfonos no dejan de sonar. Reportan fugas de gas, familiares desaparecidos, falta de servicios funerarios, ofrecimientos de voluntariado. Desesperación. Drama. Tras cada llamada, queda la sensación de no estar ayudando lo suficiente.


Algunas llamadas me marcan. Una mujer me cuenta que su hijo y ella pasaron el primer temblor en casa. Al día siguiente, él, de 19 años, se unió a una brigada vecinal para llevar comida y ayuda. Ahí lo tomó la réplica. Desde entonces no sabe nada. Llevaba 36 horas de angustia. Me da su nombre. Lo busco en las listas de heridos. No aparece. Llora desconsolada, sin rumbo. Nunca supe qué pasó con él.


Otra llamada es de un hombre que me narra su vida, desde Papantla, Veracruz, hasta la Ciudad de México, donde es comerciante. Lo dice todo en tono neutro. Le pregunto si busca a alguien, si su casa está bien, si necesita ayuda. No. Sigue hablando. Le digo que debo desocupar la línea para atender emergencias; no me hace caso y prosigue. Después de 40 minutos me da las gracias por escucharlo y cuelga. Así, nada más.


Así pasaron cinco días hasta que nos dijeron que regresáramos a casa a descansar, que la emergencia disminuía y que las autoridades comenzaban, una semana después, a involucrarse.


Antes de irnos, una brigada de psicólogos de la UNAM nos entrevista individualmente sobre lo vivido, nuestras familias, dónde nos tomó el temblor y la réplica, cómo nos sentimos atendiendo llamadas de personas en situaciones límite.


Me atiende una muchacha de mi edad. Le cuento todo, con calma. Ella pregunta mucho y yo respondo todo.


–¿Has sentido miedo?

–Sí, mucho.

–¿Has llorado?

–No.


Me diagnostica estrés postraumático. Que debo sacar mis sentimientos. Me parece exagerado. Tengo hambre, ya quiero irme.


“Llego a casa y te prometo que lo cuento todo”, le dije.


Me tardé 40 años, pero ya estoy cumpliendo al contarlo.


miércoles, 1 de octubre de 2025

Denuncia EPR detenciones arbitrarias, pero se deslinda de detenidos

 


COMUNICADO EPR 

29 septiembre 2025


AL PUEBLO DE MÉXICO

A LOS PUEBLOS DEL MUNDO

A LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN NACIONALES E INTERNACIONALES

A LOS ORGANISMOS NO GUBERNAMENTALES DEFENSORES DE LOS DERECHOS HUMANOS

A LAS ORGANIZACIONES POPULARES Y REVOLUCIONARIAS

¡HERMANAS, HERMANOS, CAMARADAS!

A 18 años y cinco meses de la desaparición forzada de nuestros militantes Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, la política del gobierno sigue siendo la misma: negar la justicia a través de la dilación y el burocratismo; proteger a los perpetradores de esta práctica aborrecible, impunidad que permite el cometido de nuevos crímenes de lesa humanidad.

Los trabajos de la Comisión Especial de Búsqueda (CEB) están estancados propositivamente por la Fiscalía General de la República (FGR) y la Secretaría de Gobernación (Segob), no se busca en vida a nuestros militantes, dan por sentado que están muertos y con ello cerrar el caso bajo la impunidad total.

Perversamente desde un principio la PGR, hoy la FGR, encauzó la investigación no para solucionar la desaparición forzada de Edmundo y Gabriel, las diligencias estuvieron encaminadas para construir escenarios políticos que vinculen a ciudadanos y organizaciones legales con nuestro partido; y, al mismo tiempo vincular al PDPR-EPR con la delincuencia organizada o con el mundo criminal del capitalismo.

Desde el año 2007, en el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, se armaron expedientes jurídicos para crear falsos culpables, chivos expiatorios y relaciones inexistentes entre el movimiento popular y el revolucionario; bajo la política de seguridad de dicho gobierno a cargo de Eduardo Medina Mora y Genaro García Luna, a través de la figura del testigo protegido, se incriminó a inocentes con el movimiento revolucionario, sobre todo a quienes pertenecen a organizaciones populares que se han solidarizado con la exigencia de la presentación con vida de nuestros camaradas.

En dicho contexto represivo, el gobierno morenista que encabeza Claudia Sheinbaum Pardo, da continuidad a los planes contrainsurgentes panistas-priistas que buscan golpear y destruir tanto al movimiento revolucionario como al popular.

Expedientes jurídicos elaborados en tiempos del gobierno de Felipe Calderón aún son utilizados como instrumentos para allanar el camino en el cometido de nuevos crímenes de Estado; generar más presos políticos sobre imputaciones falsas; y, carpetas de investigación, así como, procesos jurídicos que crean perseguidos políticos.

El aparato represivo en general, y en particular la cúpula policíaco militar encargada de planear y ejecutar la contrainsurgencia, sigue operando de la misma manera, con el mismo objetivo y los mismos métodos; se imputa falsamente para encarcelar a los que luchan por demandas sentidas del pueblo y se persigue políticamente tanto a opositores y críticos al régimen, a luchadores sociales como a defensores de los derechos humanos.

La figura de testigo colaborador como mecanismo jurídico es utilizado por la FGR para incriminar y judicializar a ciudadanos y organizaciones con actividades revolucionarias, es decir, para crear falsos culpables, para inventar falsas militancias con el PDPR-EPR. El testigo colaborador es una herramienta para cometer la arbitrariedad del Estado contra cualquier ciudadano.

Las declaraciones del supuesto testigo colaborador con clave Salvador, que forman parte de diferentes expedientes incriminatorios contra ciudadanos y organizaciones legales, son un invento de la PGR que hoy le da continuidad la FGR; cada una de ellas están armadas con mentiras surrealistas que carecen de rigor objetivo; mentes y manos maquiavélicas en la FGR son los autores del testigo Salvador.

El Partido Democrático Popular Revolucionario-Ejército Popular Revolucionario (PDPR-EPR) informa a nuestro pueblo que ningún militante, mucho menos un comandante de nuestro partido-ejército es testigo colaborador del Estado; ninguno de los detenidos en junio, julio y septiembre del presente año pertenecen a nuestras filas, tampoco son responsables de lo que se les incrimina; de igual manera los ciudadanos imputados en la misma carpeta de investigación no pertenecen a nuestro partido-ejército.

Por lo tanto, desde la trinchera que enarbola nuestro partido exigimos una alto a la represión bajo este mecanismo contrainsurgente.

¡POR LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA!

¡VENCER O MORIR!

¡POR NUESTROS CAMARADAS PROLETARIOS!

¡RESUELTOS A VENCER!

¡CON LA GUERRA POPULAR!

¡EL EPR TRIUNFARÁ!

COMITÉ CENTRAL

DEL

PARTIDO DEMOCRÁTICO POPULAR REVOLUCIONARIO

PDPR

COMANDANCIA GENERAL

DEL

EJÉRCITO POPULAR REVOLUCIONARIO

CG-EPR



NOTA INFORMATIVA SOBRE EL COMUNICADO



EPR niega vínculos con detenidos recientes y rechaza declaraciones de “testigo protegido”

Denuncia que declaraciones de un supuesto militante con clave “Salvador” estarían siendo usadas en expedientes judiciales contra ciudadanos y organizaciones sociales

por Alejandro Jiménez

El Ejército Popular Revolucionario (EPR) dio a conocer que durante los meses de junio, julio y septiembre de este año fueron detenidos por el gobierno federal supuestos militantes de su organización, pero negó que alguno de ellos sea “testigo colaborador” del Estado, en referencia a un declarante con clave “Salvador”, cuyas versiones estarían siendo usadas en expedientes judiciales contra ciudadanos y organizaciones sociales.

“Las declaraciones del supuesto testigo colaborador con clave Salvador […] son un invento de la PGR que hoy le da continuidad la FGR; cada una de ellas están armadas con mentiras surrealistas que carecen de rigor objetivo”, señaló la organización en un comunicado firmado por el Comité Central del Partido Democrático Popular Revolucionario (PDPR) y su Comandancia General.


El grupo insurgente afirmó que ninguno de los detenidos recientemente, ni los ciudadanos imputados en la misma carpeta de investigación, pertenecen al EPR y sostuvo que las acusaciones “responden a una estrategia de criminalización del movimiento social y revolucionario”.

El EPR señaló que desde el gobierno de Felipe Calderón se fabricaron expedientes para incriminar a inocentes mediante la figura de testigos protegidos, práctica que, según ellos, se mantiene vigente.

Además, acusó que el actual gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo da continuidad a los “planes contrainsurgentes panistas-priistas” al mantener vigentes procesos jurídicos elaborados en sexenios anteriores.

“El aparato represivo en general, y en particular la cúpula policíaco militar encargada de planear y ejecutar la contrainsurgencia, sigue operando de la misma manera, con el mismo objetivo y los mismos métodos; se imputa falsamente para encarcelar a los que luchan por demandas sentidas del pueblo y se persigue políticamente tanto a opositores y críticos al régimen, a luchadores sociales como a defensores de los derechos humanos”, señaló.

En su pronunciamiento, el EPR volvió a señalar la falta de avances en la investigación por la desaparición de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, ocurrida en Oaxaca en mayo de 2007, durante el sexenio de Felipe Calderón. Diversas organizaciones de derechos humanos responsabilizan al Estado mexicano por este caso, que llegó hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

El grupo acusó que la Fiscalía General de la República (FGR) y la Secretaría de Gobernación (Segob) mantienen estancados los trabajos de la Comisión Especial de Búsqueda (CEB), lo que consideran una estrategia deliberada para dar por muertos a sus militantes y cerrar el caso bajo condiciones de impunidad.



ANÁLISIS DEL COMUNICADO


Disco duro / ¿Contrainsurgencia en marcha?

por Alejandro Jiménez

De manera inopinada, el Ejército Popular Revolucionario emitió el lunes un comunicado en el que se deslindó de “los detenidos en junio, julio y agosto por la Fiscalía General de la República”, particularmente de “Salvador”, un presunto testigo protegido quien estaría revelando secretos de la organización subversiva revolucionaria y sus nexos con organizaciones de la sociedad civil.

Consultada la Fiscalía, negó tener conocimiento de detenciones con este tema durante los meses referidos.

¿Quién dice la verdad? Por supuesto todo depende de a quién le otorgue uno mayor credibilidad, sin embargo, dada la trayectoria del grupo guerrillero –hoy más epistolar que brazo armado–, resulta difícil pensar que estaría dispuesto a meterse en una controversia pública de a gratis con el gobierno federal.

Su comunicado refleja preocupación, lo que da a pensar que, aunque se deslinde, en el fondo sí lo habrían tocado de alguna forma. Si las detenciones fueran falsas o de personas en verdad ajenas a su organización, no tendrían motivo de molestia pues los aprehendidos no estarían en condiciones de revelar absolutamente nada. Pero si hay algo de verdad, así sea en algún grado, tendrían razón para estar alarmados.

Ahora bien, suponiendo sin conceder, como dicen los abogados, que hubo detenciones de milicianos o personas ligadas de una u otra forma a la guerrilla, ¿cuál es la razón de acciones contrainsurgentes de parte de un gobierno que en apariencia tendría mayores problemas de seguridad nacional en el crimen organizado que en los movimientos políticos?

En el mapa de la seguridad nacional no aparecen ya los grupos guerrilleros como foco de preocupación prioritaria. ¿Aun así hay trabajos de inteligencia para detectar grupos subversivos?, ¿las detenciones, si las hubo, fueron acciones rutinarias o responden a alguna amenaza concreta? ¿Los detenidos pertenecen a alguna otra sigla subversiva diferente al EPR? ¿Es cierto que el gobierno de la 4T se comporta igual que los priístas y panistas en materia de contrainsurgencia?

El comunicado del lunes deja más preguntas que respuestas. Por desgracia la naturaleza clandestina de estos grupos los hace proclives a hablar en clave y simbolismos. De la FGR, que encabeza Alejandro Gertz Manero, tampoco se puede esperar mucha transparencia. Mucho menos si es una averiguación abierta que requiera secrecía para llegar a buen puerto.

El EPR trae atorada, desde hace 18 años, la desaparición de sus militantes Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, y en torno a ella ha girado el eje de su narrativa desde entonces, sin dejar de denunciar al régimen político capitalista, que para ellos da igual si es panista, priísta o morenista, pues son diferentes, asegura, sólo de matiz pero no de fondo.

Algo se movió en el tablero de la contrainsurgencia mexicana y su desenlace estaría por conocerse.